diumenge, 8 d’abril de 2012

¿Realidad o sueño?

Paseando por la calle Córcega de Barcelona te cruzas con una longeva y reconocida tienda de bellas artes. Si te fijas en su escaparate puedes encontrar desde pinceles, pasando por pinturas de todos los colores, papeles de diferentes gramajes o una caja de lápices pastel de la marca Goya. La caja en cuestión viene con una bonita imagen impresa del autorretrato que se hizo el pintor algunos siglos atrás. Dice el crítico de arte y escritor John Berger que “la invención de la cámara de fotografiar no cambia lo que vemos, pero sí que modifica el como vemos las cosas”. También dice que “el lugar en el que se ubica una imagen la mitifica”. Eso es exactamente lo que pasa en este caso con Goya. El mismo autorretrato de la caja de lápices lo podemos ver estos días en el CaixaFòrum barcelonés y la visión que tenemos del cuadro varía sustancialmente. En la sala encontramos el rostro del pintor al final de la exposición, después de haber recorrido todas las etapas del artista y haber entendido “en cierta manera” su particular universo. El marco dorado, el pelo desaliñado, la camisa abierta y su mirada que en la caja de lápices pastel era cándida, ahora la percibimos como perturbadora. Le imaginamos pintando sus sueños, tenemos presente su etapa más oscura y le ubicamos en las cortes reales como a un bohemio revolucionario e incomprendido por las clases dominantes. La descontextualización nos confunde, nos nubla la mente o… ¿es todo lo contrario? Quizás solo descontextualizando las obras de arte podremos apreciar su auténtica pureza, pero aún así nos quedaremos cortos. Según Berger “Para los cubistas, lo visible ya no era lo que había frente a un solo ojo, sino la totalidad de las vistas posibles a tomar desde puntos situados alrededor del objeto representado”. Y si esto sigue así nunca seremos capaces de abarcar por completo la visión de una obra de arte puesto que como decía Ortega y Gasset en su perspectivismo cervantino “la única realidad universal es la suma de todas las realidades particulares”. Por tanto, lo que tomemos como auténtica y pura visión de un cuadro siempre será una parte ínfima de todas las visiones que éste nos puede ofrecer. Es como si todos nosotros fuéramos segismundos calderonianos encerrados y obtuviéramos constantemente una percepción del mundo totalmente distinta a la de nuestros coetáneos. El principal problema sería que sólo podríamos ser libres huyendo de la caverna platónica, así tomaríamos conciencia de nuestras limitaciones y del engaño al que nuestros ojos nos tienen sometidos.
Cuando en la exposición que nos ocupa vemos el famoso cuadro de La maja, en un principio lo percibimos como una mujer de clase alta que ha pedido al artista ser retratada. Pero al leer la leyenda nuestros ojos inician el proceso de perturbación de la realidad y empezamos a percibirla como a una actriz porno. El pie del cuadro explica que esta obra podría haber estado colgada en el despacho de Manuel Godoy superpuesta con su homónima desnuda. De esta manera el ministro dejaba una u otra descubierta en función de sus antojos. Si además damos cuerda a las teorías que indican que La maja representa a Pepita Tudó (amante de Godoy), la cosa se pone aún más interesante. Muy posiblemente si sólo hubiéramos contemplado el cuadro nuestra mente no habría ido tan lejos pero he aquí el dilema. ¿En la sociedad de la información, cómo debemos hacerlo para obtener una visión pura de las cosas? Lo que no podemos hacer es vivir como ignorantes y sin duda debemos contar con la historia y formarnos para entender el mundo pero, ¿cómo lidiamos con eso? Lo más fácil es seguir el instinto propio y una vez iluminados por la luz del Sol pos cavernaria leer el mundo y cuanto nos rodea con el ojo crítico tan preciado hoy en día. Esta será la única herramienta que tendremos para alcanzar la libertad.

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